Veamos, ¿qué hora será...? bien, las doce menos cuarto de la noche. Diré lo que siento:
- Añoro aquellas tardes de colegio, allá por las cinco y media, cuando bajábamos de la clase y: Álvaro, Dani, Edu, Carlos, Juan Pedro, Romero, Callejas, David, Pablo, Gonzalo, Daniel Durán, Fede y yo nos pegábamos tres buenas horas de fútbol. Del aquéllos apenas guardo a Álvaro, Edu, Carlos y Juan Pedro; bueno, Juan Pedro cuando viene, que suele ser más bien poco. El resto se perdieron con los años de instituto donde, por suerte conocí a nuevos inquilinos en mi círculo de amistades, de donde sólo se ha quedado Josean, pero ya se sabe que Josean siempre está ahí.
- Añoro, también, las tardes de cartas de Magic en Wartime, echando un rey de la mesa, y jugar contra Dani(1) y su mazo azul de control a muerte. Recuerdo cómo me monté una baraja monocolor negra para derrumbar el reinado de mazos azules que Dani, Luigi, Pablo y algún que otor de la asociación Godness llevaba: me salió bien la jugada, por suerte.
- No tengo nostalgia por los tiempos de la Compe con los Danis, Perico, Rául y Pascual, Miguel y Ase, Cantero y Jotacé; porque no estaba a gusto con ellos: no nos engañemos, me lo pasé genial en esa etapa, pero no tengo buen cariño de ella. Así como mucho menos tengo cariño de haber conocido a Gema y toda la gresca que ello conlleva. Aunque, a pesar de todo, fue ella quien me presentó a Xus, todo hay que decirlo. De igual manera, sí, podría decirse que odio a esa persona.
- He disfrutado mucho de los tiempos de fútbol en Parque Sur: madre mía, ¡cómo me gustaba hacerle la ruleta a David! y qué bueno era el jodío; lástima de que yo sea gafe: nunca debí decirle que calentara rodillas. Que David me perdone.
- A veces me paraba a recordar mi viaje a Inglaterra: me disfruté liberado. Conocí a un grupo de personas de las que ya no guardo alguna relación. También es cierto que no ha existido un mútuo deseo de reencuentro por ninguna de las partes: las distancias, más o menos cortas, agrietan toda posibilidad de amistad. Yo dejé a merced del grupo la idea de que me agregaran al Msn: unos aceptaron y me incluyeron en su lista; de otros ni siquiera guardo memoria. Aún así, Poole se queda muy lejos de mi Messenger. DeInglaterra sólo guardo aquel exquisito aroma a humedad que la isla aporta y ese sinvivir por entretenerme y sentirme libre, aunque gastara seiscientos euros de factura telefónica. Aprendí a desarrollar conversaciones en el campo que a mí me interesaba y a evolucionar mi conducta con las otras personas en favor de aumentar mi capacidad influyente: algo casi nulo en mi persona de aquella época. Pero de Inglaterra ya no guardo ni las fotos.
- Cuando me encontraba en primero de bachiller descubrí en mí una sensación primaria y esperanzadora de encubrir lo triste que es la vida, no únicamente para mí, si no para todo el mundo. Descubrí la interpretación. Reconozco que yo siempre he sido el payaso de la clase: me gusta hacer reír a la gente, y todavía recuerdo cuando en sexto de E.G.B. Don Jesús (sí, a los profesores les llamamos de "Don") me eligió para hacer una obrilla de final de curso. Se me acercó y me aclaró que yo fui su elección porque sabía hacer reír a la gente. Tuvieron que pasar cinco años para que mi alelada cabeza se diera cuenta del valor de aquellas palabras. Terminé el bachillerato y mis amigos me hablaban de los rumbos que iban a tomar: unos querían la carrera universitaria; otros optaban por formación profesional; y entre Pinto y Valdemoro estaba yo: quería ser actor. ¡¿Qué dices, muchacho?!, dirían algunos; ¡¡¡tú no vales para eso!!!, exclamarían otros. Pero a mí me daba igual, porque ya conocí una vez esa misteriosa y feliz sensación de no ser yo mismo. El verano de dos mil cuatro, el mismo verano en el que viajé a Inglaterra, inicié un curso de interpretación en una escuela privada de Madrid. Me preparé las pruebas de selección de la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid y creí que mi futuro metería el hocico allá adentro. Pero aprendí que la soledad que me inundó en aquella extraña ciudad podía con mis deseos de convertirme en actor. Cuando supe la nota final, me derrumbé: había aprobado y estaba dentro de la escuela. Pero yo no era feliz, no sabía digerir la fabulosa realidad que se asomaba por mi puerta. Entendí que la soledad me consumía hasta perder la esperanza, aquéllo que siempre me ha movido hacia delante. Necesitaba a Xus a mi lado, y después de haber pagado los miles de euros por el curso de interpretación, la matrícula y la residencia, abandoné Madrid rumbo a Albacete. Mi futuro era incierto, por eso me tomé un año sabático para profundizar en mis ideales, mis hobbies y mis intelectos: escribí cuatro obras de poemas, unas obra de teatro y tropecientos relatos. Introduje artículos sobre la poesía en Albaceteliterario, y disfruté de la banal sensación de jugar con la mecánica de las palabras. Odio a aquellas personas que dicen escribir porque quieren plasmar sus sentimientos en papel. Yo escribo por mecánica, porque me resulta tan entretenido como resolver una ecuación. Imagino que sin esa mecánica, yo no percibiría la poesía de igual manera. Me adentré en Miranfú: descubrí facetas artísticas de mí que me aliviaban por dentro. Creí que el teatro iba a ser tan enormemente grande que no podría disfrutarlo ni gastanto toda mi vida en un minuto. Pero hace siete meses aproximadamente entendí que el teatro, el actor, es un símbolo de generosidad con el escenario, con el escenario y los demás objetos e intérpretes que le rodean. Y yo en Miranfú había perdido la ilusión por actuar. Me encontraba en un momento de mi vida en el que ni los estudios, ni el teatro ni las amistades se encontraban a la altura de mis expectativas, y taxativamente di un frenazo. En ese punto, me levanté otra vez y mire hacia delante, me pregunté qué quería en el futuro y lo tuve muy claro: quería ser alguien, y ya conocía las pautas a seguir. Fue entonces cuando se toparon en mi camino Diego García y Guillermo Navalón con una cómica idea de cortometraje con la voluntad simple de entretener al espectador, y no el estereotipo de corto que tiene como finalidad marcarte para el resto de tu vida y siempre se queda en eso, en la voluntad de algo. Rodamos el corto en el Pub Nashville y disfruté a rabiar con Carlos, mi compañero de interpretación. Para gran asombro y sorpresa de todos, ganamos el primer premio de cortometrajes del festival Proyecta'07, y ello, aunque todavía no lo sepamos, nos abre muchas puertas.
Este verano me ha enseñado lo minúsculo que Albacete resulta. Para mí se ha abierto la caja de Pandora: el futuro es mío y de nadie más.