Me gustan las peras. Este podría ser un perfecto y precioso eslogan para el Mercadona; y también para el frutero de abajo de mi casa.

Qué le vamos a hacer, me identifico con una pera, tanto es así que no necesito de más que de mi pera para sentirme completo. Y no es una plenitud física, ni hedónica, ni ERÓTICA, que se os ve venir ¬¬U si no más bien una interrelación a través del campo visual de mis ojos. La línea que une mi mirada con el sentimiento físico de color verdoso es la curvatura de una sonrisa: la de mis labios y la concavidez de la base de la pera.

No me tratéis por esquizofrénico o paranóico, o ingeniero frutal, llanamente sé diferenciar entre gusto y tacto, y aquí, entre mi pera y yo, no hay nada.

No hay nada porque me defino dentro de ella, y todo está vacío porque ella es un espejo.

Así que lo más bonito que podéis ofrecerme es una pera como regalo, aunque tenéd bien por sabido que no será la primera ni la última que reciba: si no la del medio.